Érase una vez, en un pequeño valle, un pueblecito con una iglesia que tenÃa una campana enorme. La campana sonaba siempre a mediodÃa y se oÃa más allá de las colinas. En el pueblo vivÃa una linda niña de ojos azules llamada Caperucita Roja. Se la reconocÃa enseguida por la hermosa capa con capucha roja que siempre llevaba puesta. Se la habÃa regalado su querida abuelita, y la niña habÃa llegado a quererla tanto que incluso dormÃa con ella puesta.
Caperucita Roja era amable y respetuosa con todo el mundo. Siempre ayudaba a los demás, pero lo que más le gustaba en el mundo era ayudar a su mamá a hornear mientras cantaban sus canciones favoritas.
Y hoy no era diferente. Se la oÃa cantar desde el jardÃn a través de la ventana de su casita. La niña y su mamá estaban a punto de terminar de hornear su pastel favorito, y el hermoso olor se extendÃa por todo el pueblo.
—Nos ha salido un pastel buenÃsimo hoy. ¿Por qué no le llevamos también un par de porciones a la abuelita? —dijo la mamá de Caperucita, sacando el pastel caliente del horno.
—¡Qué buena idea! ¿Puedo ir sola? Ya no soy tan pequeña. Y podrÃa encontrar la casa de la abuelita con los ojos cerrados. ¿Por favor, mamá? —suplicó Caperucita.
—Bueno, no está muy lejos, pero tendrÃas que atravesar el bosque. Prométeme que no te detendrás en ningún sitio y que irás directamente a casa de la abuela, ¿de acuerdo? —advirtió su madre, mientras abrÃa la ventana para asegurarse de que no se avecinaba una tormenta. En ese momento, se oyó un fuerte repique de la gran campana. Todos sabÃan que era mediodÃa.
Mientras tanto, Caperucita Roja ya se estaba poniendo su capa. Estaba impaciente por salir. Su…