—¿Se han enterado de lo que ha pasado? — Una joven cierva asustada entró corriendo en un claro del bosque, deteniéndose entre los demás animales. No esperó respuesta y continuó— ¡La crecida del arroyo ha arrasado con la madriguera de los conejos! Ahora los conejos no tienen donde vivir. Y una de sus crÃas casi se ahoga. Parece que al final todo saldrá bien, ¡pero todos estaban en grave peligro!
—¡Qué terrible noticia! —exclamó uno de los animales.
Todos querÃan a la familia de conejos. Es verdad que al zorro le gustaba perseguirlos, pero asà son las cosas en el bosque. Ahora los animales se miraban en silencio, sin saber qué decir.
—Entonces, ¿a qué están esperando? —preguntó la cierva— ¡Vamos con ellos, tenemos que ayudarlos!
Asà que todos partieron hacia el arroyo. El deshielo primaveral habÃa llegado de improviso este año y era inusualmente fuerte. Además, habÃa llovido durante la noche, y el agua del arroyo se habÃa desbordado por las orillas.
Todo lo que quedó después fue barro y ramas a la deriva. No se parecÃa en nada al acogedor claro donde los conejos habÃan tenido su madriguera. El fragor de la crecida estaba por todas partes. La familia de conejos se sentó en el único lugar que permanecÃa al menos un poco seco. Los padres y los cuatro hijos mayores estaban inclinados sobre el conejito más joven, un bultito peludo que yacÃa en un montón de hojas..
—Lo sacamos en el último momento —susurró la coneja madre—, yace agotado desde entonces, pobrecito.
—No tenemos adónde ir con él —se unió el conejo padre—, el agua ha inundado nuestra madriguera. Los pasillos se han hundido, y luego el barro lo ha cubierto todo. No nos queda nada.
Ninguno de los animales sabÃa qué…