Durante cientos y cientos de años, los dragones y los cuervos habÃan vivido muy cerca unos de otros. Nunca habÃan sido amigos, aunque fueran vecinos por tanto tiempo, pero tampoco habÃan tenido ninguna disputa o pelea.
Los cuervos volaban con frecuencia sobre las guaridas de los dragones, haciendo mucho ruido con sus interminables chillidos y sus molestos graznidos, pero los dragones no dejaban que eso les afectara.
Ellos solo querÃan estar tranquilos y reunirse en pequeños grupos en la oscuridad de las cuevas. AllÃ, practicaban la técnica de escupir fuego y abrasaban las paredes hasta que se tornaban negras como el carbón.
Un dÃa, los cuervos eligieron a un nuevo rey. Se llamaba Craaa (¡cra, cra!) y pensaba que los dragones debÃan servir a los cuervos. Justo después de convertirse en rey, le mandó una carta al rey de los dragones en la que pedÃa con vehemencia que mandara a sus congéneres al Reino de los Cuervos para que fueran sus sirvientes.
Drago, el rey de los dragones, soltó una carcajada cuando leyó la carta en su guarida. ¡Un pequeño y enclenque pájaro querÃa que los grandes y poderosos dragones le sirvieran! «Los dragones tienen que aguantar sus graznidos y excrementos, deberÃan contentarse con eso», pensó el rey dragón, moviendo la enorme cabeza de un lado a otro.
Drago se afiló las garras de su gigantesca pata en una roca cercana, luego la mojó en tinta y se dispuso a escribir una respuesta.
«Querido rey Craaa, tu carta me resultó muy divertida. Lamentablemente, los dragones nunca van a servir a los cuervos, pero gracias por hacerme reÃr», escribió. Cuando terminó, dobló la carta con delicadeza, se la entregó al mensajero real y le ordenó que se la hiciera llegar inmediatamente al rey de los cuervos.
Tras leer la…